viernes, 13 de julio de 2012

1.- La hora de queda.



Me encanta correr, de hecho, estoy en el club de atletismo de la universidad, pasé las pruebas sin ningún problema; la verdad, es que soy rápida.
Este año he empezado mi carrera de periodismo; aunque mis padres no están muy de acuerdo con mis estudios escogidos, pero no importa, es lo que yo he decidido y seguramente cambiarán de opinión algún día. Mi único sueño era recorrer mundo, y ésta era una buena manera de hacerlo.
También tengo la suerte de vivir en una ciudad, no muy grande, pero tiene de todo; su base es el comercio y los niveles de estudio, algunas fábricas textiles y de ladrillos.
Lo peor de este primer año de universidad, eran los amigos; la mayoría se habían ido fuera a estudiar o a "independizar" su vida. Sólo Miriam, Rober y Paula, estaban en la ciudad estudiando conmigo, aunque no la misma carrera, pero sí en el mismo campus; y Ana, mi amiga de la infancia, que se había puesto a trabajar nada más acabar la ESO en una cafetería que había puesto su tío Guillermo; y a la que íbamos toda la panda muy a menudo.
El día que comencé a darme cuenta de que mi familia no era normal, fue el segundo fin de semana recién comenzadas las clases.

Era viernes, las seis de la tarde, terminaba mi entrenamiento con una sonrisa de pura satisfacción, había vuelto a sorprender a mi entrenador con un nuevo record.
- Samara, es increíble, no cómo lo haces, pero cada día eres más rápida. ¿Tienes alguna dieta especial a base de lince o pantera... algo así?
Reí con ganas; mi entrenador era joven, seguramente de la misma edad que mi hermano mayor.
- No; pollo, ternera, pescado, fruta...- le contesté.
- Pues será que el pollo, la ternera y el pescado son veloces.- Habló comprobando de nuevo el tiempo del cronómetro. Suspiró escribiendo la nueva marca en su cuaderno.- Nos vemos el lunes. Cuídate.
Asentí.
- Hasta el lunes, profesor Sánchez.- le despedí.
Sonrió.
- Que tengas buen fin de semana.
- Gracias, igualmente, señor.
Se alejó hacia el pabellón.
Me retiré al banquillo donde había dejado mi macuto. Saqué la toalla y me sequé un poco el sudor, saqué unas monedas y me encaminé hacia la máquina de bebidas que estaba cerca de los vestuarios. Metí la moneda y enganché un aquarius de naranja. Me introducí en los vestuarios, busqué mi taquilla sacando ropa limpia. Miré mi reloj, si me daba prisa, podía ver a Ana en la cafetería, y con un poco de suerte, pillar a su primo y dejarme engatusar por él.
Sonreí para mí ante mis planes.
La cafetería donde Ana trabajaba, la de su tío Guillermo, se encontraba en todo el centro de la ciudad. Ana era mi mejor amiga desde que éramos unas enanas; por entonces, nos encantaba saltar en los charcos y salpicar a Rosa, una niña que siempre venía con nosotros, y siempre vestía con ropa nueva que le compraba su mamá, y lo que no sabía su madre, era que se comía los mocos. Menudos recuerdos... Ana era la que mejor había llegado a entenderme, con sólo un gesto, sabíamos si estábamos bien o no, incluso respetaba a mi extraña familia con sus raras costumbres.
Cuando ella empezó a trabajar, nunca imaginé que lo haría con su tío, y menos aún con su primo Miguel, el que me volvía loca con sus interminables preguntas sobre lo que podía gustarle a las chicas, especialmente a Estefanía, mi antigua compañera de instituto, y que, tras ello, él decidía que lo mejor era poner en práctica sus artes de flirteo conmigo, como si yo fuera ella.
Suspiré, no podía actuar como Estefanía, porque yo, simplemente, era Samara; pero él seguía con su práctica, parecía que había olvidado que mi compañera se mudó a otra ciudad; y estaba segura de que él lo sabía, y además, lo fingía; sin embargo, su juego de seducción, cada vez que me veía, continuaba como si nada. Estaba tan acostumbrada que hasta me parecía de lo más normal.
- ¡Hola, Samy! - Gritó al verme.- ¿Un café con caramelo?- me preguntó desde la barra.
Le sonreí abiertamente.
- Sí, claro, es mi favorito.- le contesté.
- ¡Marchaaaando!- exclamó con voz cantante.
Me acerqué a la barra, no había mucha gente, si acaso cuatro personas y otra a mi lado.
Observé a mi amiga preparar el café, dándome cuenta de que tarareaba alguna canción, debía haberle sucedido algo, porque estaba muy contenta.
- Hola, Samy. ¿Cómo está mi chica preferida, hoy?
Miré a Miguel, que sostenía su habitual sonrisa en el rostro.
- Bien, hoy es viernes; fin de semana...
- Eso quiere decir que hoy no tienes nada pensado y saldremos esta noche, ¿verdad?- Me cortó Ana empujando a Miguel a un lado.
- ¡Eh!- Avisó el aludido.- Estaba aquí...
- Molestándola, como siempre.- Le habló a su primo rápidamente.
Miguel puso cara de pocos amigos.
- Oye, Ana,- la llamé.- ¿hoy acabas antes?
- No, - me dijo sorprendida.- ya sabes que hasta las 10 no puedo salir de aquí.
- Ah...- la miré meditativa estudiando su rostro.- entonces... ¿por qué has dicho...?
Sonrió contenta.
- Es fin de semana, Samy.- Me dijo mi amiga felizmente.- Y universitaria de 19 años. ¿Qué pasa por un día que llegues fuera de las doce a casa? Creo que tus padres deberían hacerse la idea de que ya eres mayorcita.
Fruncí el ceño.
- ¿Aún llegas a esa hora a casa?- preguntó Miguel sorprendido.- ¡Vaya!- Se apoyó en la barra mirándome embelesado con sus ojos color chocolate, me tomó de la barbilla para mirarme directamente.- Eres una princesa de verdad;- me quedé parada al oírle.- yo soy tu príncipe.- dijo seguro de sí mismo.
Reí por el comentario, me deshice de su mano.
- Tú y tus oraciones amorosas.- le habló Ana con reproche mirando al techo y suspirando.
- Señorita, ¿podría ponerme...?
- ¡Sí, ya voy! - contestó Ana; me echó un último vistazo antes de irse.- Piénsalo, Samara, al menos sólo esta noche. No creo que tus padres vayan a morirse por un día.
La miré sospechosa, normalmente no solía ser tan insistente. Se alejó hacia el cliente recién llegado, por lo que me percaté de que Miguel seguía observándome, pero serio.
- ¿Qué pasa?- le interrogué, nunca le había visto así.
- Samy, no hagas caso a mi prima. Si tus padres pusieron esa regla, debe ser por algo.
Le miré algo molesta.
- ¿Qué sabes tú de esto?- le pregunté a la defensiva.- Además, ya estoy cansada; al menos podrían dejarme un par de horas más;- suspiré largamente.- aunque me conformaría con media hora para empezar.
Tomó un mechón suelto de mi pelo poniéndolo tras mi oreja derecha; aquél gesto parecía una tierna caricia. Sentí su respiración muy cerca de mi cara y sus ojos, demasiado próximos a los míos.
Sabía que estaba jugando, como siempre, pero esta vez no pude parar a mi corazón que latió con una fuerza antinatural; él sonrió agradablemente dejándome sin aliento.
- Te... te recuerdo...- comencé a decir intentando equilibrar mi pulso y respiración.- que Estefanía hace como un par de años que... se mudó de ciudad...
Sonrió más abiertamente, pero se alejó de mí; me dio la espalda tomando un platillo y llenándolo de unas pocas pastas de té; volvió hacia mí dejándome el platillo.
- ¿Quién te ha dicho que era Estefanía la chica que me gustaba?
Le miré mediocre.
- Veamos... - le dije haciéndome la pensativa.- ¿Tú, cuando me preguntas cosas propias de ella?
Rió mirándome con los brazos cruzados.
- ¿Y cuánto hace de eso?- le miré interrogativa.- Porque creo que con la única que he "practicado" - dijo haciendo con los dedos las comillas al pronunciar la palabra.- y parece que sin resultado,- se acercó apoyándose en la barra mirándome fijamente.- es contigo, Samara.- terminó de decir serio.- le miré asombrada sin saber qué decir. Se alejó tomando una bayeta.- Ten cuidado, procura llegar a casa antes de las doce.- me repitió yendo hacia un cliente.
Me quedé allí perpleja, pensando en él, en sus palabras... ¿Siempre había sido yo la que le gustaba? La verdad que Miguel era muy guapo, casi parecía un ángel con ese pelo tan rubio, sino fuera porque lo llevaba alborotado, y su rostro era perfecto, su cuerpo no es que fuera escultural, sin embargo, no podía decir que estuviera mal.
Recordé que la primera vez que lo vi, me escandalizó su forma de hablar y el cómo sonreía. Resoplé ante el recuerdo, todo empezó cuando vinimos con Estefanía a la cafetería por primera vez, Ana también venía, y aún estábamos en el instituto. ¿Había estado equivocada todos estos años? ¿O era una simple coincidencia?
Cogí una pasta del platillo, su sabor avainillado me hizo pensar que realmente me había llegado a gustar, pero no le había dado importancia, ya que creía que realmente estaba pillado por esa chica; lo que no entendía era porqué ahora, y qué le importaba a él las normas de mi casa; parecía que Miguel supiera algo que yo no sabía.
Fruncí el ceño de nuevo al venirme a la cabeza la propuesta de Ana. ¿Qué debía hacer? Yo era la que más ganas tenía de salir y olvidarme de esa hora de cenicienta.
- Ya estoy de vuelta.- me dijo soltando una taza de café frente a la mía. La miré.- Voy a hacerte un poquito de compañía antes de que me digas que  batiste un nuevo record en el club.
Me sorprendí por su frase.
- ¿Quién te ha dicho eso?
- Oh, vamos, siempre lo haces. Supongo que tengo suerte de acertar.- reí negando.- ¿Qué vas a hacer esta noche? ¿Salimos?
- ¿No estás descuidando a tus clientes?
- No,- dijo simple mirándome por encima de su taza de café y tomando un sorbo.- Miguel se está haciendo cargo mientras descanso 5 minutos y tomo este café contigo. - se aproximó arrugando el entrecejo.- ¿Estás intentando eludir el tema?
- ¿Eh? No... - moví mi café desviando mi vista de ella.- Sólo que parece que ha entrado más gente.- Tomé un sorbo de mi líquido negro acaramelado.
- ¿Sí?- me interrogó sospechosa.- No te preocupes, están todos atendidos.- Sonrió pillina.- Samy, ¿es que no quieres ver como por fin me lío con David?
- ¡¿Cómo?!- exclamé alucinada.- ¿Cuándo ha sucedido eso? Solamente falté ayer el venir a verte.
Ana rió bebiendo un poco de su taza.
- No, ayer sólo no faltaste, toda la semana excepto el lunes y hoy. ¿Cómo no ibas a enterarte?- Tomé otro sorbito de mi café haciéndome la longuis.- Fue el miércoles, acabé un poco antes, y él había venido, pensaba que era para ver a mi primo, pero vino a buscarme a mí.
- Mumm... qué interesante.- le dije dejando la taza y prestándole atención.- ¿Y cómo fue? ¿Qué te dijo?
- Bueno...- comenzó a decir tímida.- ya sabes que te dije una vez que aunque se pusiera de rodillas, por ese descaro que tenía, no iba a salir con él... ni por todo el oro del mundo.
Reí apoyándome en la barra mirándola.
- Ah, sí... lo recuerdo. Fue porque te ignoró y se puso a hablar con Blanca, y tú, le pusiste el café con sal.- Volví a reír divertida; ese recuerdo era de un día genial, la cara del supermodelo David Martínez.
- Bueno... sí...- afirmó avergonzada.- Es que no me sentí muy bien tratada.- bebió de su café.
Cogí una nueva pasta de té.
- ¿Acaso te ha dado diamantes en vez de oro? No puedo creer que haya cambiado de parecer por un día que viene a buscarte.- la piqué para que continuara.
Conociéndola, sabía que me había estado ocultando algo.
Ella miró a su alrededor y luego el reloj.
- Sí... más o menos. Es que... - la miré esperando, suspiró.- De acuerdo, vino más veces.
- Qué casualidad, - dije pegando un bocado a mi galleta, me temía algo así.- ¿y yo no estuve presente en ningún momento?
- Sí, sí que estuviste, pero como parecía jugar conmigo, igual que lo hace mi primo contigo;- se encogió de hombros.- no me lo tomaba en serio.
Acabé mi galleta en silencio; su primo también se había declarado, y tan solo hacía unos minutos, aunque no el mismo día, sí la misma semana.
- ¡Caramba!- exclamé.- ¿Y cuáles fueron las palabras exactas?
- Ahí van,- se puso derecha y me miró atentamente.- "Ana Bel, aunque no me creas, estoy enamorado de ti desde que me echaste la sal en el café".
- ¡Jajajajaja....!- reí al imaginar el panorama que tuvo que pasar mi amiga.
- ¡Oye! No tiene ninguna gracia, no seas tan escandalosa, me puse roja como un tomate.- dijo cortada.
Tomó su café tímida intentado esconderse de la gente que nos miraba.
- Jejejeje... y... jejeje... ¿qué... qué le dijiste?- le pregunté con esfuerzo sin poder parar mi risa del todo.
- ¿Qué iba a decirle?- dejó la taza en el platillo.- Pues que estaba mal de la cabeza.- tapé mi boca para ocultar un poco mis risas. Ella suspiró.- Volveré cuando te calmes, no te vayas.
Asentí como pude. ¡Qué cosas! Menuda forma de declararse; y nosotras que pensábamos que nunca se había dado cuenta de aquel café salado... y es que puede que fuese Ana la culpable, pero fue Blanca quién se lo entregó, y nunca nos miró sospechoso... y a Blanca le dijo que el café estaba buenísimo. Reí de nuevo negando.
Me paré a pensar en ese hecho, no podía dejar a mi amiga plantada ahora; quizás llegando a las 12 y media a casa sería suficiente; sinceramente, me daba un poco de miedo llegar más tarde de mi hora habitual; pues debía haber algún motivo que yo ignoraba.
Noté que me observaban, busqué de dónde provenía esa sensación y miré seria a su origen, era Miguel, el cual, me observaba con el mismo semblante; tras un rato, me sonrió y se alejó a atender.
- ¡Ya estoy aquí de nuevo!- Parpadeé mirando a mi amiga.- ¿Qué te pasa? ¿Perdida en tus pensamientos?
- Sí, algo así.- le sonreí tímida.- Ana, me alegra mucho que estés con David pero... ¿qué pinto yo entre vosotros dos?
Ana resopló su flequillo rubio y me miró cansada.
- Sabía que dirías algo así. Pero es importante que vengas, porque aún no le he contestado y quiero hacerlo esta noche; me da un poco de yuyu el que salga mal...
Así que era eso; suspiré, no podía negarme.
- De acuerdo, ¿a qué hora y dónde?
Me abrazó contenta como pudo y me dio dos besos sonoros.
- ¡Esa es mi chica!- exclamó entusiasta.- A las 10 en mi casa, te pilla cerca; si quieres venir antes...
- Vale.- Saqué mi monedero para pagarle.
- Hoy invita la casa.
La miré con aviso.
- Ana...- la llamé.
- Adiós, ponte guapa, pero no más que yo, ¿vale?- Me dijo marchándose hacia un cliente.
Reí negando, ¿más que ella? Yo no era rubia ni tenía los ojos verdes, ni un pecho tan impresionante; más bien era morena, de ojos grises y normal; estaba delgada por el deporte y mi pelo casi nunca estaba arreglado; lo único que me enorgullecía era ser alta y que no tenía que preocuparme de la comida.
Cogí mi macuto y me lo eché al hombro.
- ¡Hasta luego!- le grité para que me oyera.
Se acercó un momento, sonrió:
- Y dile a tus padres que llegarás un poco tarde.
La miré un instante notando que Miguel lo hacia también conmigo.
- Lo pensaré.- le contesté dándome la vuelta y saliendo de la cafetería.
Paré en la puerta suspirando. Incluso tras salir, parecía que Miguel sabía que estaba allí parada. Suspiré de nuevo comenzando a andar hacia casa, pensando en qué decir cuando llegara.