martes, 17 de julio de 2012

2.- Presentimientos.



- ¡Hola! ¡Ya estoy en casa!- Grité para que notaran bien mi presencia.
Roberto, mi hermanito pequeño, apareció corriendo por las escaleras de blanco mármol.
- Mamá está con la señora “chinita”.- me dijo con su voz risueña e infantil.
Reí, la señora “chinita”, como él la llamaba, era una anciana mayor japonesa que se había venido a vivir a nuestro país con su hijo cuando su esposo, que era de aquí, murió; su hijo, Andrés, trabajaba con mi padre en la empresa de electrónica.
-          Roberto, se llama Ximitxu, - le corregí con cariño.- no le digas señora “chinita”, va a enfadarse un día de estos contigo.
Mi hermano se encogió de hombros y se sentó en el segundo escalón.
-          ¿Hoy has ido a correr?
-           Sí.- le contesté sacando la toalla de mi mochila.
-          La señora Matilde no está, no creo que vaya a poner la colada.- dijo haciendo muecas con la boca de estar aburrido.
Suspiré, Matilde era nuestra ama de llaves, normalmente se iba a las ocho y volvía a la misma hora por la mañana. Miré mi reloj, eran las siete y cuarto de la tarde; tenía que haber pasado algo.
-          ¿Una carrera a que llego antes que tú al lavadero?- me preguntó entusiasmado levantándose sin darme tiempo a pensar.
-          No,- le dije con una sonrisa.- mamá nos regañará, tenemos visita.
Se sentó de nuevo refunfuñando, sin duda estaba muy muy aburrido.
-          Ah, si… la señora “chinita”.
-          Roberto.- le avisé.
Mi hermanito cumplía siete años el mes siguiente; tenía mis mismos ojos pero el pelo algo más claro y rizado, estaba delgadito y era un poco bajito para su edad; sin embargo, no se quedaba atrás en inteligencia.
-          Ven, ¿has merendado?
-          No,- me lo había imaginado, era realmente malo para comer.- y mamá me ha dicho que me espere ya para la cena y no coma nada; además, dijo que la harías tú.
Me quedé perpleja mirándole. Matilde era la que dejaba la cena hecha, esto resultaba cada vez más sospechoso.
Fui hacia el lavadero dejando la toalla en el cesto de la ropa sucia, mi hermano me seguía con ese gesto de aburrimiento a donde fuera. Paré en la cocina, abrí la nevera y atrapé una lata de aquarius.
-          ¿Quieres?- le ofrecí.
-          Bueno.- respondió ausente.
Cogí otro, destapé ambas latas y le di la suya.
-          ¿Por qué se ha ido antes Matilde?
-          Porque mamá se lo ha dicho,- bebió un poco, yo fruncí el ceño.- como dice que tú ibas a preparar la cena hoy…
¿De dónde había salido eso? Vaya, por un día que iba a salir y tenía que apresurarme, salían cosas que no tenía ni planeadas.
-          Yo no he dicho nada.- dije seria.
Me miró sorprendido.
-          Entonces, ¿por qué ha dicho eso mamá? ¿Es que te ha castigado por traer malas notas?
Le miré asombrada por su conclusión.
-          No, nunca he sacado malas notas; además, acabo de empezar el curso.- le contesté quedándome pensativa unos segundos bebiendo mi refresco.- Voy a ducharme.
Roberto me miró encogiéndose de hombros una vez más.
-          Vale, yo voy a mi cuarto a jugar. Raúl y papá no vendrán hasta las nueve. ¿Quieres que le diga a mamá que estás aquí?
-          No, iré yo misma a verla.
-          Cómo quieras.- Me dijo saliendo de la cocina.
Salí también mentalizándome el qué iba a decirle sobre mi salida y esa cena tan misteriosa a mi madre. Lo mejor sería saludar y luego decir mis planes. Supuse.
-          … De acuerdo, completamente, señora Ximitsu. Creo que por eso confiaré en usted, creo que no voy a poder evitar esto; ella se rebelará algún día, es sólo que… - tomó aire.- tengo que intentarlo, dejaría de ser una chica normal… y si no consigue hacerse con el control… con lo que yo no pude…- juntó sus manos desesperada.
Esa había sido la voz de mi madre, me quedé parada en la puerta entreabierta sin entrar, ¿a qué se refería?
-          Deberías contarle el porqué a todas sus preguntas, querida.- le dijo dándole un suave apretón en las manos entrelazadas.- Debo irme.- miró a la puerta levantándose, mi madre estaba callada.- Samara, ¿me acompañas a la salida?
Pegué un brinco, ¿cómo me había visto? No había hecho nada de ruido, y estaba bastante alejada para que me viera, como a unos seis pasos de la puerta.
Avancé ese pequeño trayecto y abrí, le dediqué una sonrisa disimulando mi asombro.
-          Buenas tardes, señora Ximitsu ¿Ya se iba?
-          Buenas tardes, niña.- me respondió con su abierta sonrisa que le hacía cerrar los ojos y parecer más pequeños de lo que ya eran.- Sí, ya hemos acabado, en realidad, hace rato que tomamos el té.
Me acerqué, estaba algo mal de las piernas y se ayudaba con un grueso bastón.
-          Apóyese en mí, por favor.
-          Gracias, niña.- me dijo dulce.- Ya nos veremos, María. Será una lección, no te preocupes.
Miré a mi madre, continuaba callada y pensativa con las manos entrelazadas aún; se giró para recoger la mesa pero no se movió.
-          (Qué extraño).- pensé para mí.- (¿Qué le preocupará?)
Mi madre siempre hacía ese gesto con las manos cuando estaba preocupada por algo.
-          Samara, ¿vamos?- me llamó.
Asentí prestándole atención y comenzamos a andar despacio. Salimos de la salita dejando a mi madre que parecía comenzar con la tarea de recoger. Avanzamos por el pasillo, atravesamos el patio y nos dirigimos al vestíbulo.
Mi casa era antigua, había pertenecido a mi tatarabuela y abuela, antes de nosotros. Tenía los techos altos y esas paredes gruesas que para caerse debían ser demolidas con una bola pesada y no con un martillo. El suelo era de color verde esmeralda. Las paredes eran blancas, el patio era grande con un gran pozo en medio de él, por un portón de hierro se accedía a lo que antes eran corrales, y ahora era un almacén y un pequeño huerto. Tan sólo la escalera era la que se comunicaba por arriba, en donde estaban las habitaciones y los dos baños, sin tener que atravesar el patio. Teníamos una pequeña chimenea en la cocina y otra en el salón, que era la misma, ya que daba pared con pared. La decoración de mi casa era más bien clásica, casi todos los muebles eran de la abuela, pero permanecían en muy buen estado. La casa había sido restaurada y reformada la fachada; pero siempre respetando su estancia.
-          Samara, cuando no sepas dónde ir, sigue tu instinto;- me miró sonrientemente apacible, yo estaba extrañada.- es sólo un consejo. Estaré siempre en casa para algunos más, si los necesitas.
-          Gracias… - logré decir aún aturdida.
Llegamos a la puerta. Abrí.
-          ¿Quiere que la acompañe hasta su casa? – me vi diciéndole.
-          No, no hace falta, niña. Pásalo bien y cuídate mucho,- se volvió un segundo mirándome, y dijo con mucho cariño en su voz.- pequeña Samy.
Reaccioné.
-          Sí, lo haré; hasta luego, señora Ximitsu.
Bajó los dos peldaños lentamente.
-          Hasta pronto, niña.
La vi alejarse hacia su casa, que estaba frente a la mía. Cerré la puerta, me dirigí a buscar a mi madre, olvidando lo extraño de la actitud de mi anciana vecina.
Estaba en la salita aún, recogía en silencio el juego de té que había sacado para servir aquella reunión que habían tenido.
-          Mamá…- comencé a decir.
-          Ahora no, Samara. Ve a ducharte.- Me cortó sin ni siquiera mirarme.
Fruncí el ceño, ¿por qué todo esta tarde resultaba tan raro?
-          Mamá, voy a salir esta noche. Iré con Ana, he quedado en su casa sobre las diez. Y creo que no prometí hacer ninguna cena.- le hablé firme.
Ella dejó un momento de recoger, pero sin volver la mirada aún hacia mí.
-          Sólo prométeme que volverás antes de las doce.- me dijo seria.
Nunca la había visto de ese modo, con esa expresión perdida, pero sabía que si no respondía lo que ella quería oír, no me dejaría salir. Suspiré largamente.
Noté cómo entonces me miraba.
-          Vale.- contesté simple.- Me voy a la ducha.
-          De acuerdo. Yo prepararé la cena.- me encaminé hacia la escalera que se hallaba en el pasillo antes de entrar a la salita.- Y… Samara, oí que me llamaba. Paré un instante para escucharla.- quisiera que te pusieras esas piedras que te regaló tu padre.
-          ¿Los pendientes?- Pregunté extrañada.- Creí que eran para los momentos especiales, están guardados en tu joyero.
Sonrió extrañamente. Asintió.
-          Esas piedras son amuletos, hija. Ya lo sabes. Puede que esta salida tenga algo especial.
-          Bueno… no me importa ponérmelos, si eso te deja tranquila.- le dije alcanzando para verla.
Ella me observó desde donde estaba.
-          Sí,- sonrió leve.- me dejará algo más calmada.
-          Bien.- dije yéndome.
Subí las escaleras sacudiendo la cabeza, ¿era yo o pasaba algo que no sabía? Cielos, tan sólo iba a salir como siempre, a divertirme. Suspiré largamente. Entré en el cuarto de mi madre y busqué el joyero dentro del armario. Saqué los pendientes, eran unas bonitas piedras redondas de color morado con un pequeño zafiro. No solía ponerme mucho los pendientes, era algo que siempre olvidaba colocarme porque nunca me llamaban la atención los complementos, pensaba más bien que eran estorbos.
Salí tras guardar de nuevo el joyero en su sitio, entré en mi habitación y cogí unos vaqueros y camiseta de media manga era de cuello de barco, color azulón con un estampado de un lazo blanco y rosa fucsia en un lado de los hombros. Dejé los zapatos preparados, no tenía dudas respecto a nada de lo que iba a ponerme: cómoda, sólo quería estar bien y cómoda; seguramente tendría que salir corriendo de mi salida con Ana para llegar a casa antes de medianoche.
Tomé todo lo que necesitaba, solía vestirme en el baño, ya que este estaba calentito con el calefactor cuando salía de la ducha.
Al pasar por la escalera, paré en seco, había sentido como una punzada de dolor de alguien, sacudí la cabeza nuevamente, mi imaginación me estaba jugando hoy malas pasadas; sólo era un presentimiento de que alguien estaba mal, y que era por mí… entonces me quedé congelada al oír un leve llanto y mi nombre completo en un susurro apenas audible.
-          (¿Mamá?) – Pensé.
¿Debía bajar y ver qué le pasaba? Estaba a punto de hacerlo cuando se abrió la puerta de la habitación de mi hermanito.
-          ¿Mumm? – me miró sorprendido.- ¿Aún no te has duchado? Mamá nos llamará pronto para cenar.- me dijo acercándose.
-          Eh… - miré mi ropa.- no, esto… ahora iba a la ducha.- Escuché en silencio unos segundos, ya no se oía nada, aunque la punzada que tenía aún seguía dentro de mí.
-          Vamos, tata.- me dijo mi hermano ignorante de todo.- Se te va a hacer tarde.
-          Sí… - dije.
Roberto bajó las escaleras pasando por delante de mí, le observé alejarse pensativa unos minutos hasta perderle de vista. Reaccioné y me dirigí al baño un poco inquieta.