martes, 24 de julio de 2012

7.- Sueño y voces.



Entré en la habitación que me habían dejado para descansar, era de colores suaves y cálidos, la cortina era de color amarillo pastel, al igual que la colcha de la cama. El mobiliario seguía siendo igual que al del salón y de toda la casa: muebles de color rojizo tirando a marrón oscuro, con un pequeño adorno en dorado.
Cerré la puerta y me quedé mirándola mientras repasaba en mi mente todos los acontecimientos. Me volví hacia la cama y me lancé sobre ella apretando la almohada contra mí; sentí cómo las cálidas lágrimas salían sin remedio; era demasiado, de repente y demasiado. Muchas cosas que debía entender y hacer, aunque todas se redujeran a lo mismo.
Y lo peor era que estaba asustada.
Saqué de mi bolso el Maât, y lo observé apoyada en la almohada tristemente. Aquél objeto era la única ayuda, además de los pendientes, que mis padres habían logrado que tuviera en mi misterioso destino, porque según la señora Ximitxu, este era mi destino, tanto si lo quería como si no.
Cerré los ojos unos instantes, ¿quién sería la señora Ximitxu en realidad? Ella no tenía ninguna piedra ni nada que yo hubiese visto para sobrevivir al espacio-tiempo del que me había hablado. Aunque agradecía que estuviera en el mismo lugar en el que había aparecido con Miguel para prestarnos ayuda, no podía evitar el sentirme inquieta al no saber quién o qué era; y porqué sabía tanto de este tema que yo ignoraba hasta el momento y el cómo conocía a mis padres y la historia de mis antepasados.
¿Y qué iba a hacer con Miguel? Abrí los ojos suspirando descompuesta, me sentía fatal por haberlo arrastrado conmigo, y encima, tendría que dejarle aquí con la señora Ximitxu sin salir de la casa hasta que encontrara mi supuesto uróboros… pero… ¿y si no lograba encontrarlo? Ya no era por mí… era por él… quizás no volvería a verle por estar en otro diferente pliegue al estar buscando mi objetivo, y encima, él se quedaría encerrado en esta casa con mi anciana vecina… aunque…
Acomodé la almohada, noté el cansancio en cada parte de mí, cerré de nuevo los ojos mientras pensaba en mi nueva pregunta: Si la señora Ximitxu había viajado también en el tiempo y estaba aquí, incluso su casa era la misma que yo conocía, al menos por fuera, ¿por qué no podía, simplemente, llevarme ella a casa, y a Miguel?
-          Mummm – dije ya en voz alta adormilada.- se lo preguntare… cuando despierte…
Pues todos se habían acostado: Mi vecina se había ido a su habitación principal que estaba frente a la mía, Miguel se hallaba al lado de mi cuarto en otro, en la habitación del hijo de la señora Ximitxu… ¿dónde estaría ese hijo? Cielos… otra pregunta más para mi dolor de cabeza.
Esperaba que todo fuera un sueño.
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“La señora Ximitxu bajó los escalones a la planta baja, caminando hacia la entrada, se acercó a él y cruzó sus brazos mirándolo regañona:
-          ¿Hasta cuándo vas a seguir actuando como un humano?
El muchacho se giró hacia ella cerrando la puerta de la casa.
-          Hasta que deje de tener miedo.- le contestó con una sonrisa.- No hay nadie alrededor que se haya dado cuenta de que está aquí.
La señora Ximitxu resopló negando.
-          Buena táctica, pero sabes que no me gusta engañar a nadie, no me considero tan buena actriz, guardián. Y no deberías seguir diciendo cosas que no sientes.
-          ¿Quién ha dicho que yo no lo sienta? Me gusta de verdad. Es por eso, mi querida Misaki- le dijo cariñosamente intentando evadir el tema.- que aún me pregunto porqué decidiste sellar tu poder en esta casa, eras tan hermosa.
Misaki Ximitxu, lo miró sonriendo.
-          Aún no lo entiendes, ¿verdad? Me enamoré, y quería envejecer con él.
-          Pero él ya no está, Misaki.- le habló con cuidado de no herirla.- Podía seguir siendo tu guardián entonces.
Misaki se acercó despacio y con esfuerzo al no tener su bastón para apoyarse.
-          Siempre has sido el guardián más fiel, valiente y fuerte que he conocido. Pero no he sido yo quien ha conseguido abrir tu corazón…- tomó con sus manos el rostro del muchacho.- Querido… algún día también querrás envejecer, ya lo verás.
Él tomó sus manos con ternura. La miró a los ojos reconociéndola como la misma chica que un día tuvo que jurarle protección y ayudarla a encontrar su uróboros… y la misma, a la que tuvo que abandonar, porque ella se había enamorado de un humano.
-          Tu hijo, parece un buen muchacho.- le dijo franco.
Misaki agrandó su sonrisa al pensar en su primogénito.
-          Es un buen muchacho, sí que lo es.- le observó serena desenganchándose de sus cálidas manos, recordando que alguna vez había tenido sentimientos que no habían logrado penetrar en su coraza.- Es inteligente, cariñoso, se parece mucho a su padre. Él es ahora lo más importante de mi vida.
-          Pero no tiene tu poder.
-          No lo necesita.- le contestó ella firmemente.
El muchacho la miró confuso.
-          No lo entenderé nunca, tienes razón, Misaki… - la estudió sereno unos segundos, y desvió su mirar hacia arriba, a la habitación de su protegida.- ella es hermosa, ¿verdad?
Misaki le dio la espalda sin dejar de sonreír, pues había visto el futuro de su ex- guardián.
-          ¿De verdad te lo parece?- le preguntó alejándose despacio, paró un momento y le miró de lejos, aunque él no lo supiera, ella siempre le observaba de esa manera. El chico seguía contemplando serio hacia el mismo lugar.- No la hagas sufrir, Aión.- le dijo severa.- O esta vez, no podrás perdonarte.
Aión la observó confundido. Guardó su báculo en un ligero movimiento de sus manos. Volvió a buscarla, pero ella ya no estaba.
Subió los escalones que conducían a las habitaciones quedándose frente a la puerta de su protegida; abrió con sumo cuidado de no hacer ruido y se acercó para verla: Se había quedado dormida abrazada a la almohada con una mano y con la otra sosteniendo el Maât.
Sonrió sin darse cuenta mientras tomaba un mechón de su pelo y lo acariciaba.
-          …no…- él paró en seco extrañado mirándola, seguía dormida.- no… no quiero ir sola… yo…
-          No irás sola.- le contestó sin pensar.
-          … yo… tengo miedo…
-          No lo tengas, - volvió a contestarle mientras se agachaba sin poder dejar de contemplarla, le dio un suave beso en la frente.- siempre estaré contigo.
El rostro de su protegida pareció suspirar aliviado. Se incorporó lento caminando hacia la salida del cuarto, volviéndose una vez más para verla y se marchó cerrando sumiso.
Misaki cerró los ojos durmiéndose complacida.”
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Abrí los ojos somnolienta. Aún sostenía el Maât, lo dejé a un lado confusa mientras me llevaba la mano a la frente, pues había sentido que alguien me besaba.
Me incorporé sin ganas mirando mi reloj, habían pasado cuatro horas desde la última vez que le eché un vistazo. Abrí la cama y volví a meterme en ella tapándome con las mantas.
Si todos mis sueños fueran como el que había tenido, no me importaría seguir soñando…
Miré el techo pensativa, no debía tener miedo, alguien estaba conmigo, aunque no supiera quién, pues lo había oído. Cerré los ojos una vez más durmiéndome calmada.