martes, 24 de julio de 2012

8.- Sangre de dioses.


Eran las tres de la tarde cuando me harté de dormir. Me levanté y puse mis botas atándome los cordones; estiré las sábanas de la cama. Cogí mis cosas y me cercioré de que todo estaba en orden antes de ir al baño.
Llamé a la puerta, puesto que nadie contestaba, entré cerrando con el pestillo.
Dejé el bolso y mi chaqueta sobre una silla que había en la esquina. Era un baño grande, de lavabos doble, wáter, bidé y placa ducha tan larga y ancha como una bañera cuadrada que estaba al fondo, junto a una pequeña ventana con cortinillas de color verde esmeralda; los azulejos eran blancos de rombos, con una tira de los mismos en esmeralda cada dos hileras de los blancos. Los lavabos tenían un bonito mueble color cerezo de cuatro puertas, quizás fuera el único mueble que no concordaba con los demás de la casa, con un enorme espejo que acaparaba a ambos además de la piedra de mármol blanco sobre la que había tres botes de perfume, jabón de manos, cepillo de dientes y un peine. Encima del espejo había una luz en medio que iluminaba todo el baño.
Abrí el grifo mojando mis manos y refrescando mi cara con las primeras gotas de agua fría, esperando a que saliera caliente.
Si tuviese una muda me daría un buen baño para relajarme un poco; sabía que todo era cierto, que nada había sido un sueño: estaba perdida en un pliegue espacio-temporal, era una semidiosa (y vaya semidiosa, porque no tenía ni idea de si tenía poderes o no, no me había quedado nada claro) y había arrastrado a alguien inocente conmigo que podría desaparecer si saliera de esta casa. Suspiré descompuesta.
Toqué el agua comprobando que salía caliente, fue cuando me di cuenta de que a mi lado, en el mármol, había ropa limpia y que tenía una pequeña nota. Cerré el grifo parándome a leerla: “ Querida Samara, esta ropa era de cuando yo era joven, espero que te sirva”. Sonreí internamente, era de la señora Ximitxu.
No lo pensé, pues tenía lo que necesitaba: ropa interior, unos legan negros y una camiseta tipo blusa de color azulón con un cuello mandarín y bordes negros satinados. Había incluso un cinturón, y al ir hacia la ducha, vi unas botas planas negras que parecían realmente cómodas. Qué sorpresa al ver que era mi número de pie.
Me metí en la ducha, dejando que el agua cayera sobre mí mientras echaba mi pelo hacia atrás. Busqué lo necesario para lavarme… el agua tenía una temperatura tentadoramente deliciosa, si no me daba prisa, era capaz de quedarme bajo ella eternamente.
Intenté relajarme, seguro que todo iba a salir bien, sólo tenía que preguntar todas esas dudas que me asaltaron anoche, como lo de la casa de la señora Ximitxu, cómo había viajado ella hasta aquí, y qué había sido de su hijo. Además de otras tantas; pues no creía, ni por un solo instante, que mi objetivo de busca mi uróboros fuera a ser fácil. Mi vecina me había dicho que había otros buscándolo, ¿quiénes eran?, ¿también semidioses o algo así?, ¿serían peligrosos?
Me enjuagué con un nuevo suspiro. Corté el agua y saqué una mano buscando la toalla que colgaba a un lado en la pared y me enrollé en ella estrujando mi pelo en la ducha antes de salir. Había dejado mis vaqueros para usarlos de alfombra.
Me sequé y vestí rápida, peiné mi corta melena (me llegaba a los hombros) sin poder evitar que se rizaran hacia arriba las puntas, pues mi pelo era difícil de controlar, ya que era algo motoso.
Me miré en el espejo y sonreí sin querer, la ropa me estaba perfecta, ¿tan delgada y alta había sido mi anciana vecina en su juventud?
Recogí todo y deslicé el pestillo abandonando el baño y bajando las escaleras.
Oí voces, las reconocí al instante y me dirigí hacia ellas que me condujeron a una amplia cocina con una mesa rectangular en mitad de la estancia.
La señora Ximitxu y Miguel charlaban cordialmente mientras bebían algo. El olor de la comida me invadió de pronto recordándome que estaba hambrienta.
-          Hola.- dije
-          Buenos días.- respondió a mi saludo la señora Ximitxu.- ¿Has descansado bien? Toma asiento, querida, la comida estará lista pronto.
Me senté mientras ella se incorporaba e iba a los fogones, seguramente a contemplar lo que había en esa olla que repiqueteaba en vapores.
-          ¿Cómo has dormido? Porque yo… no podía dejar de pensar…
-          ¿En mí?- le corté divertida a mi amigo, él me miró sorprendido.- Sé que lo haces, cómo siempre.
-          ¿De veras?- sí, realmente parecía sorprendido, le miré extrañada.- No sabía que supieras leer el pensamiento…
-          No digas estupideces, no sé hacer tal cosa, sólo lo he supuesto, es que sería una de tus halagadoras frases de siempre.
Él rió mirándome.
-          Créeme, me avergüenza hacer eso, un poco, delante de una señora tan respetable.- Se dejó caer en su silla.- Además, estamos de visita.
-          ¡Vaya! Esa faceta no la conocía de ti, teniendo en cuenta que siempre has estado sirviendo en un lugar público… ¿Cómo iba a saberlo?
Miguel volvió a reír. La tarde parecía animada, al menos, mejor que la madrugada.
La señora Ximitxu se volvió con un plato en la mano, lo dejó frente a mí: Un humeante plato de guisado de carne con patatas y verduras que olían que alimentaban. Tomé el cubierto que había sobre la mesa comenzando a comer.
-          Qué aproveche, querida.- me dijo.- No sabía que os llevaseis tan bien, Miguel y tú.
-          Eh… bueno, es una larga historia.- le dije ignorando la mirada de mi amigo y continuando con mi tarea.
La señora Ximitxu puso otro plato más delante de Miguel, que tomó el tenedor entusiasmado haciendo lo mismo que yo.
Por último, la anciana, se sentó también con su comida. Hubo un rato de silencio en el que tan sólo se podía oír el roce del cubierto con la vajilla, y a veces, el masticar. No había televisión ni radio. Así que, noté como de vez en cuando, nos mirábamos de reojo, todos y cada uno de nosotros, como si aquello fuera una competición para saber quién iba a romper primero aquél santuario.
Terminé la primera, así que, me levanté y recogí mi plato fregándolo en el fregadero.
-          Gracias, Samara.- oí decir a mi vecina.- Puedes preguntar, sé que quieres hacerlo, contestaré todo lo que pueda.
Suspiré largamente dejando el plato a secar sobre una bayeta que había al lado del fregadero.
-          ¿Quién es usted realmente?- pregunté algo cansada girándome para verla.- Usted también viaja en el tiempo, ¿no es así?
La señora Ximitxu sonrió, Miguel simplemente escuchó mientras acababa su comida.
-          Me llamo Misaki Ximitxu, y sí, soy descendiente de uno de los dioses temporales, podríamos decir que somos familiares lejanos.- Mi cara debió reflejar todo lo que pensaba porque empezó a reír.- ¡Ay, querida! Jajajaja….- se calmó continuando.- Kairós no es el único Dios del tiempo, también está Chronos y… Aión.- dijo éste último con mucho cariño. La miré extrañada.- Yo soy biznieta de Chronos, -sonrió de nuevo mirándome.- él es un hermano de tu tatarabuelo… ¿cómo decirlo? Los dioses no envejecen, y los que tenemos su sangre y su poder tampoco.
-          Pero… usted es… mayor.- dije aún aturdida.
Asintió:
-          Sí, querida, porque me enamoré y quise envejecer con él, tener una familia… mi difunto marido, era… increíble.- habló cerrando los ojos como para recordar, los abrió mirándome.- Una vez que encuentres tu uróboros, serás eternamente joven, Samara, no envejecerás nunca.
Entonces, mi madre se había enamorado de mi padre y su uróboros estaba en esa estatuilla porque… Ahora todo tenía sentido: Mi madre quería ser humana y envejecer con mi padre, pero sabía que cualquiera de sus hijos podría tener su antiguo poder, sabiendo cómo ocurriría, puso esas normas.
Solté el aire que retenía acabando mis conclusiones familiares. Miré de nuevo a mi vecina.
-          ¿Y su hijo? ¿Cómo ha llegado usted y su casa aquí? Porque es la misma casa que yo conozco de mi espacio-temporal.
Tomó un sorbo de agua antes de contestarme.
-          Mi hijo no tiene mi antiguo poder, aunque debería tenerlo porque es mi único descendiente,- me observó seria y calmada mientras hablaba.- pero yo misma sellé mi poder a esta casa, por lo que dentro de ella, aún puedo manejarlo. Y no, no puedo llevarte de vuelta con mi casa a cuestas, sólo puedo llevarme a mí misma, mi poder ahora es limitado. Mi hijo no lo obtendrá mientras siga en esta casa sellado, pues no quiero que lo tenga, él es feliz sin conocer esta historia. En cuanto a él, está con su prometida.- suspiré descompuesta.- Lo siento, querida. Seguramente pensabas que podría llevarte.
-          ¿Tampoco puedes llevarme a mí?- preguntó Miguel esperanzado.- No tengo nada en especial.
La señora Ximitxu lo miró severa.
-          No puedo. – su expresión cambió a más fría.- ¿Estás seguro de que no tienes nada en especial? Porque parece que te gusta mucho Samara.
-          Eh… bueno…- habló Miguel todo colorado retirando sus ojos hacia el suelo.
Me senté en la silla decepcionada. No podía hacer otra cosa que continuar adelante. Aún me quedaban varias preguntas, pero entre todas, había una que me tenía en ascuas. Alcé mi mirada, Misaki Ximitxu, me la devolvió invitándome a hablar:
-          ¿Quién o quiénes, o qué… es lo que persigue mi uróboros?
-          Los descendientes de Hades.- me contestó, su expresión gélida y el tono, me asustaron un poco.- No todos sus hijos son buenos, querida, muchos de ellos desean un poder como ese, controlar el espacio-tiempo y cambiar a su antojo lo que les plazca.- Negó mientras miraba sus manos entrelazadas sobre la mesa.- Son semidioses también, pero algunos… tienen un poder increíble… son capaces de crear ilusiones tan reales…
-          Lo dice como si se hubiera enfrentado alguna vez a uno de ellos.
Ella sonrió frágilmente.
-          Sí, Samara, lo hice en su momento, fue una experiencia horrible. Sólo tú puedes tocar el uróboros que te pertenece, ellos no pueden hacerlo sin tu consentimiento. Imagínate la de artimañas y maneras para conseguir tu favor.
-          ¿Acaso quisieron casarse con usted, señora Ximitxu?- le pregunté algo divertida.
Asintió. Me quedé perpleja.
-          Puede ser incluso peor, Samara.- me miró fijamente.- Tendrás que andarte con mucho cuidado y cuidarte. En el momento que dejes de ser virgen…- mis colores subieron automáticamente.- no podrás controlar el uróboros.
-          ¡Cielos santo!- exclamé aún exaltada.- ¿Hay algo que no sepa de mí?
Miguel sonreía.
-          Mumm… vaya Samy, sí que eres especial.- me dijo dulcemente.
Me ruboricé aún más, miré al suelo.
-          Sólo una cosita más, señora Ximitxu…- tragué saliva recomponiéndome- Puesto que soy una semidiosa, ¿no tengo ningún poder? ¿Nada de nada hasta que encuentre el uróboros?
La señora Ximitxu me miró tranquila.
-          Sí, claro que lo tienes, pero deberás descubrirlo por ti misma.- sonrió abiertamente.- No te preocupes, podrás con ellos; el uróboros es el control espacio-temporal de tu familia. Una vez que lo tengas, podrás viajar a tu antojo a donde quieras de la línea temporal, mientras tanto, vagarás en él, es lo único que no tienes. – se levantó de su silla recogiendo su plato y cubiertos.- Depende de la sangre que recorra tus venas. Mi bisabuelo era Chronos, ya te lo he dicho, y aunque fuera hermano de tu tatarabuelo, tenían un poder similar, pero no igual. Cada uno se encargaba de una tarea diferente del tiempo.
Dejó su plato y demás fregado sobre la bayeta.
-          ¿Alguna cosa más?
-          ¿Cómo notaré a los descendientes de Hades?
Ella me miró tierna.
-          Créeme, lo notaras con cada movimiento que hagan. A veces parece que traen la oscuridad detrás de ellos. Tu instinto te lo dirá, pues no soportaras permanecer cerca.
Miré a mi amigo que escuchaba toda nuestra conversación y preguntas. La señora Ximitxu se secó las manos y se volvió hacia nosotros.
-          Deberías prepararos,- nos dijo.- Samara, deberás salir esta tarde de casa y comprobar con el Maât que no está aquí tu uróboros – miró a Miguel a continuación.- Y tú, joven, espero que me aguantes durante mucho tiempo, porque Samara volverá.- acabó diciéndole mientras le miraba fijamente.- Tendrás que cuidarla en la distancia.
Miguel sonrió, ese gesto tan simple, hizo que me diera un pequeño vuelco algo dentro de mi pecho. Retiré mi mirada de él, ahora no tenía tiempo para pensar en eso, debía comenzar a buscar para poder regresar a casa.
Me levanté de mi asiento cogiendo las manos arrugadas y pequeñas de mi vecina. La miré firme.
-          ¿Qué debo hacer?
Ella sonrió apretujándome con sus manos las mías.
-          Ven conmigo.- me dijo soltándome.- Tú quédate aquí, muchacho.
Miguel suspiró hondamente encogiéndose de hombros.
Misaki Ximitxu salió de la cocina, miré a Miguel.
-          Adelante,- me dijo.- estaré aquí, no me moveré de tu alrededor.- sonrió abiertamente.
Le sonreí leve.
Me aproximé y le di un suave beso en la frente, él me miró sorprendido.
-          Gracias.- le dije alejándome aprisa.
Por lo que no pude darme cuenta de cómo Miguel pasaba su mano con cuidado hacia el lugar donde le había besado, cerraba sus ojos y suspiraba abriéndolos pronunciando mi nombre y diciendo algo entre pequeños y misteriosos susurros.