domingo, 19 de agosto de 2012

9. Cosas que llevar.



Seguí a la señora Ximitxu hacia la planta de arriba, a su dormitorio.
-          Pasa, querida.- me dijo sosteniendo la puerta.
Entré y ella cerró de seguido, se dirigió hacia el armario de seis puertas que parecía anclado a la pared de color beige. Los muebles de la estancia, eran los de siempre (rojos tirando a marrón con un dibujo dorado), la cortina era de color verde pastel igual que la colcha que cubría la cama.
Abrió la puerta del lado izquierdo del armario. Me miró un instante.
-          Sígueme.- me habló desapareciendo en el interior.
Me acerqué despacio asomándome para ver el interior, que la siguiera dentro de un armario… ¿qué íbamos a hacer ahí dentro? La última vez que me metí en un armario fue un día que jugamos al escondite con mi hermano pequeño. Puse un pie dentro insegura, al hacerlo, vi que tras la ropa se veía luz.
Retiré la ropa con cuidado de no tirarla para poder adentrarme y salí a otra habitación que me dejó algo perpleja: Las paredes y el techo eran de cristal excepto una que estaba cubierta por un gran espejo, aquella por la que había salido. El suelo era de madera clara, en el centro, sobre una gran alfombra negra, había una mesa redonda con cuatro butacas recubiertas de terciopelo rojo adornadas con un filo dorado de encaje; seguramente, a la anciana señora, le encantaban esos dos colores, porque los había casi por toda la casa. En la pared de enfrente de mí, me di cuenta de que había un balcón; la señora Ximitxu había colocado en sus puertas unas cortinas doradas claras. En un lado había una pequeña cocina con lo justo para calentar algo y hacer un té; al otro lado, había una estantería baja, llena de libros, que hacía incluso de banco para sentarse, a todo lo largo de la pared. Cuando ésta acababa, comenzaba un mueble con cajones y puertas, también extendido ocupando otra pared, con su extenso asiento. La luz que entraba era tan cálida que hacía que te sintieras invadida por ella.
-          Toma asiento, Samara. Tengo que darte algunas cosas.- me habló agachándose hacia el mueble, abriendo varios cajones y puertas.
Me senté observándola en silencio: Sacó una cartera bandolera, de asa gorda y ancha, como preparada para soportar todo el peso del mundo que pudiese; una caja, un reloj y un libro.
Se incorporó sin esfuerzo apoyándose en su bastón, metiéndolo todo en la cartera para traerlo de una vez y ponerlo sobre la mesa.
Esparció todo lo que había cogido sobre ella y se sentó frente a mí.
-          Te llevarás esta cartera para tener todo lo que puedas necesitar.- Asentí escuchándola; abrió la caja, sacó una tarjeta de crédito.- Ten, es otra ayuda de tus padres, es de pin, así que no necesitarás el carnet, me dijeron que pusieras la fecha de tu cumpleaños.- la cogí casi temblando, mis padres habían pensado en todo. Sacó un bolígrafo y libreta.- Esto también puede ser útil, deberías dibujarte planos de cada pliegue en el que estés, así reconocerás si estás en el mismo, apuntar detalles, es importante, Samara.- Asentí callada sin dejar de observarla.- A ver… no hay nada más que pueda servirte aquí… ah, sí, esto… - sacó una cadena larga.- es para el reloj, deberás llevarlo colgado.- dijo tomando el objeto y dándomelo.- Míralo bien, querida, ábrelo.- Obedecí y descubrí la superficie de un hermoso reloj con un uróboros en el fondo blanco.- ¿Te has fijado? El uróboros comienza en el doce,- entendí lo que quería decir con ello.- no lo pierdas nunca, en su superficie, te avisará de las horas que hay en cada pliegue, es un reloj muy especial, pues cuando encuentres a la persona que desees estar con ella para siempre, el uróboros desaparecerá, y el reloj se abrirá.
La miré extrañada.
-          ¿Es que tiene algo en el interior que no veamos?- pregunté.
Ella sonrió.
-          Sí, un corazón.- me dijo con cariño, como pensando en alguien. La miré sorprendida, ¿cómo podía haber un corazón en algo tan pequeño? Debía ser un corazón mágico. La señora me sonrió.- Sólo espero, que cuando la encuentres, quiera envejecer contigo.
-          Entonces tendré que hacer lo mismo que usted, ¿cierto?- dije cerrando el reloj e introduciendo la cadena para poder colgármelo.
Oí como suspiraba.
-          No tiene porqué ser así.- levanté mi mirada hacia ella para escucharla.- Cada uno encuentra su manera de hacer las cosas lo mejor posible, quizás tú, no quieras envejecer, ¿quién sabe?
Reí tontamente.
-          La verdad, señora Ximitxu, que quiero seguir siendo humana, pero sí que me gustaría acabar con esta… maldición y poder llegar a casa, no sólo yo, sino mis hermanos, mis padres… a la hora que quisieran y poder ver mundo.- Sonreí frágilmente.- ¿Sabe? Nunca me he ido de excursión con mis compañeros de clase que durasen más de un día ni que volvieran de madrugada; mis padres nunca han dicho de ir de vacaciones ni de viaje a ningún lado… Ahora que lo sé todo… - suspiré largamente tomando aire.- quiero acabar con esto y no pensar en que sea yo la que tenga que hacerlo o sufrirlo,  prefiero pensar que puedo liberarles.
La señora Ximitxu me miraba con ternura.
-          Ya entiendo porqué le gustas.- comentó, la miré extrañada, iba a preguntarle pero ella continuó con las explicaciones.- Sea como sea, querida, este reloj se abrirá para dar su corazón y ser parte de ti.- sonrió abiertamente.- Digamos que es otro regalo de tus padres, lo hicieron para ti, para cuando llegara el momento, tú elegirás si quieres ser eterna o no.
-          ¿El corazón es mi eternidad?
-          Es sólo una parte de ti, Samara. Ya lo entenderás cuando llegue el momento.- Me mostró el libro.- Tendrás que llevártelo contigo también. Es la historia de los pliegues temporales, aquí encontrarás quiénes son tus enemigos y amigos, y ciertos pasajes que hallarás en algunos lugares. Consúltalo cuando lo necesites sin dudarlo. ¡Ah! Y una cosa más. Fíjate bien en ese reloj,- lo hice de nuevo.- cuando está cerrado, parece un espejo, ¿verdad?- Asentí esperando a que hablara.- Algunos seres se verán tal cuales son en él, si son humanos, no cambiarán.
-          ¿Tanto se diferencian de nosotros?- interrogué curiosa.
-          No todos, pero pueden tener como un ambiente o aura a su alrededor diferente a la nuestra. Mírate, tu aura es azul.
Lo hice, me miré en la tapadera del reloj, y era cierto, había algo a mi alrededor, como un humo azulado brillante. Miré tras de mí, pero no había nada. Observé de nuevo el espejito, y volví a verlo quedándome maravillada.
-          ¿Por qué tengo esto… y de este color? Es… tan extraño.
Ella sonrió.
-          El mío lo perdí, pero se puede ver alrededor de la casa.- me habló pausadamente.- Es porque eres una semidiosa, parece ser que el color azul se debe a tu ancestro Kairós, a él le gustaba ese color, decía que era el espíritu de la libertad.- Sonreí ante la explicación, a mí también me gustaba el color.- Creo que lo único que te falta es una buena chaqueta y alguna muda… te lo tengo preparado en tu habitación. – se incorporó.- Te llevarás algo de comida, no quiero que te mueras de hambre, y agua, también. Vamos abajo, tu amigo tiene que estar aburrido.
Sonreí leve al acordarme de Miguel, pobre, tendría que quedarse aquí hasta que volviera a por él.
Me levanté para salir tras la señora Ximitxu. Fue cuando se me ocurrió algo.
-          Una pregunta, señora Ximitxu.- le dije haciendo que parase para escucharme, se volvió hacia mí.- Si consigo mi uróboros… tendré el control del tiempo, ¿no es así?- ella asintió.- Entonces… ¿Puedo hacer que Miguel… cómo decirlo… no estuviera todo un mes aquí encerrado con usted… puedo volver a por él como si sólo hubiese pasado un minuto desde que me hubiese ido?
-          Claro, querida.- sonrió.- Veo que lo has comprendido todo.
-          Eh… bueno… por el momento puedo decir que sí.- le dije aliviada para mi sorpresa de que resultase de la forma en la que había planteado mi cuestión.
Continuó adelante, salimos del armario, que se cerró tras de mí con un ligero ruido de muelle. Nos dirigimos a la habitación donde había descansado. Sobre la cama había todo lo que me había dicho la estimada señora.
-          Querida Samara,- me habló serena.- es el momento. Baja cuando termines y despídete de Miguel.- Sentí cómo mis manos temblaban y se quedaban heladas al pensar qué iba a hacer y sola.- No estás sola,- me dijo leyéndome el pensamiento.- Tu guardián estará siempre contigo, aunque no puedas verle.
-          ¿Mi guardián? ¿Tengo un guardaespaldas?- interrogué sorprendida.
Asintió y se giró hacia las escaleras sin darme más detalles.
-          Vamos, niña, se está haciendo tarde.- dijo mientras bajaba por los escalones.
La seguí con la vista aún aturdida, tenía un guardián; recordé mi extraño sueño, esa voz que oí tan segura que me había dicho que no estaba sola. ¿Quién era? ¿Y por qué no podía verle? ¿A caso era invisible?
Sacudí la cabeza intentando despejar mis ideas. Caminé hacia la cama, metí con cuidado todo en la mochila…
-          (“No irás sola.”)- oí en mi interior como un eco.- (“… yo… tengo miedo…”)- recordé que dije.- (“No lo tengas- y sentí un beso suave en mi frente, estaba segura de que era un beso.- siempre estaré contigo.”)
Me senté en la cama cerrando los ojos, notando como al recordar aquello, mi cuerpo y mente se relajaban.
Los abrí tranquila. ¿Dónde estaría esa voz tan misteriosa? Una cosa era segura, esa voz sabía donde yo estaba.