domingo, 19 de agosto de 2012

10. Una promesa de regreso.



La señora Ximitxu había preparado dos bocadillos, una tableta de chocolate y una botella de agua. Lo metí todo en la mochila, creí que sería una molestia llevar tantas cosas, pero la sorpresa era que no pesaba nada.
-          Querida, está hecha por un guardián.- me dijo al ver mi cara, la miré asombrada.- Sí, fue de mi guardián, ahora te pertenece.
-          ¡Vaya!- logré decir.- No sabía que fueran tan buenos artesanos.- Rió divertida.
Miguel, que estaba con nosotras en la cocina, nos miró a las dos interrogativo.
-          ¿Es una mochila mágica?- dijo divertido.
-          Bueno, digamos que no es de este mundo.- le contestó la señora Ximitxu seriamente.- Miguel, ¿por qué no te das un paseo por la casa? Tendrás que acostumbrarte a ella.
Mi amigo resopló cansado.
-          Me habéis dejado aquí más de una hora, ¿de verdad cree, señora, que no conozco la casa?
-          Puedes salir alrededor del jardín, siempre que no salgas de la valla. Es el límite temporal, sino quieres desaparecer.- le habló mientras me daba una lata de aquarius- Sé que te gustan.- me dijo sonriéndome.
Miguel se incorporó.
-          ¡Oh, diantres! Qué remedio.- dijo refunfuñando.- Voy a ver ese jardín, ¿puedo al menos trabajar en él? Porque si no voy a aburrirme mucho.
La anciana le miró de en hito en hito y volvió a sonreír.
-          No es mala idea que trabajes en mi jardín, solía cuidarlo mi marido cuando vivía, y luego mi hijo, pero éste último, no tiene ahora tiempo suficiente.
-          No se arrepentirá, señora Ximitxu.- le habló alegre de tener algo en lo que entretenerse.
-          Espera, Miguel…- le llamé acercándome a él.- te acompaño. Quiero ver el jardín.
Él me miró en silencio unos segundos y asintió. La señora Ximitxu no dijo nada, siendo como era ella, sabría qué era lo que me proponía.
-          No salgáis de la valla.- repitió mientras repasaba en mi mochila si estaba todo.- Estaré en el salita.
Miguel salió.
-          De acuerdo, volveré pronto para ponerme en marcha.
-          Tranquila, tómate el que necesites.- me habló tierna.- Te está esperando.
Abandoné la cocina, salí al exterior avanzando hacia la parte de atrás, donde estaba el jardín. Busqué con la vista a mi amigo, le vi sentado en un banco al lado de una pequeña laguna artificial. Me senté a su lado maravillada del panorama: En la laguna había peces de colores, un caminillo de arena se abría paso a través de todo el jardín hasta una puerta, daría a la parte de atrás de la casa; unos farolillos colgaban sobre unos pequeños muros de piedra, y alrededor, todo un señor jardín con cerezos, rosales, damas de noche, prímulas… y otros que no sabía qué eran. Reconocí que había también mucha maleza y malas hierbas. Miguel estaría entretenido, sin duda alguna.
-          ¿Ya lo tienes todo?- me preguntó de repente. Asentí tímida.- Es una pena que no pueda ir contigo y ayudarte, ni tampoco protegerte.- dijo con impotencia en su voz.
Tomé su rostro con mis manos y le miré a los ojos agradecida porque se preocupase por mí.
-          Estaré bien, volveré a por ti. Te lo prometo.- le dije, y sentí que así sería cuando me vi reflejada en su mirada. Le solté mirando a un lado cortada.- La señora Ximitxu dice que tengo un guardián.
-          ¿Ah, sí? ¿Le has visto, sabes quién es?- negué, cogió un trozo de hierba observándola distraído.- Entonces, ¿cómo es que están tan tranquila y segura de que todo saldrá bien? Al principio, estabas muy asustada.
-          Sí, es verdad.- miré el cielo recordando una vez más aquellas palabras entre sueños.- Pero aunque no conozca a mi guardián, de alguna manera, siento que está conmigo.- él me miró sorprendido, lo noté y le devolví mi mirada.- ¿Qué?
-          ¿No te habrás enamorado de él?
Reí por la conclusión.
-          Por todos los santos, Miguel,- le dije calmándome.- no lo he visto, pero me siento bien porque ya no me siento sola.
-          Comprendo.- dijo solemne.
Hubo un rato de silencio. Oímos algunos pájaros cantar, el chapoteo de algún pez del pequeño estanque y una suave brisa que movía todo el jardín. Se respiraba paz en aquel lugar.
-          Te echaré de menos.- le dije.
Él sonrió levemente, nos miramos.
-          Supongo, que no tendrás tiempo para pensar en lo que hablamos.- me dijo.
-          Puedo intentarlo.- me apresuré a decir.
Miguel acarició mi rostro unos instantes, acercándose despacio. Pensé que iba a besarme en los labios, pero no lo hizo. Se aproximó hacia mi pelo y me sostuvo en u abrazo mientras aspiraba su olor.
-          Prométeme que te cuidaras mucho, yo velaré por ti, aunque sea en la distancia.
-          Te lo prometo.- le confirmé.
Sentí un suspiro en mi cabello salir de su boca. Se retiró, nos miramos de nuevo.
-          Estaré esperándote.
-          Lo sé.- le dije tierna.
Me levanté del banco.
-          Por favor, Miguel, no salgas de esta casa. Es peligroso.
Asintió.
-          Tengo cosas que hacer aquí, ya saldré cuando regreses.- dijo haciendo un esfuerzo por animarse.
Mordí mi labio inferior. Giré en mis pasos para regresar adentro con la señora Ximitxu.
-          Adiós.- le dije sin mirarle; no me atrevía, porque era hasta doloroso.
-          Hasta pronto.- me dijo él cuando ya no podía oírlo.
Se incorporó del banco. Andó unos pasos para verme por una ventana y comprobar que llegaba hacia donde estaba la señora Ximitxu. Sonrió sereno.